miércoles, 18 de mayo de 2011

TU AUSENCIA ESTÁ SERVIDA

Ya está puesta la mesa... la cena está servida...
El mantel tiene manchas de anteriores comidas,
como heridas de guerras que hace tiempo perdí.
Tengo un mantel más limpio, mucho más agradable...
doblado en ese armario que rara vez se abre...
Un mantel que, en resumen, es más digno de ti.
¿Que por qué he puesto el sucio? Muy sencillo, querida:
Porque sé que esta noche tú no vas a venir.

Los tenedores clavan su tridente en la nada,
las cucharas no aspiran a llenar cucharadas
en sus cuencas vacías de indolente metal.
Y las copas acunan en sus vientres de vidrio
a ese vino barato, condenado al delirio
de saber que no hay nada que me incite a brindar.
¿Por qué el vino está triste? Muy sencillo, mi amada:
Porque sabe que tú ya no vas a llegar.

La lasaña ha girado... ha girado... ha girado...
en ese microondas al que me he acostumbrado
(ya sabes que lo mío nunca fue cocinar)
y ahora grita en el plato, con señales de humo,
y mirando su idioma de espirales presumo
que en su lecho de muerte te pretende invocar.
La echaré a la basura cuando se haya enfriado,
porque sé que esta noche no la vas a probar.

El teléfono móvil (ese gris camarada)
se dedica a ser mudo junto al bol de ensalada
a pesar de que gana con tu voz de mujer.
Y aunque nada me impide descolgarlo y llamarte
y después de escuchar tu “¿Quién es?” recordarte
esta cita infeliz que concertamos ayer,
¿para qué molestarme yo en marcar tu teléfono
si ya sé que esta noche no lo vas a coger?

El candelabro esculpe lagrimones de cera,
tu silla está desnuda y la negra champanera
resfría una botella de champán para dos.
Y en la parte más triste de la esquina más mustia
de la mesa, reposa con un nudo de angustia,
doblada cual un viejo en un ataque de tos,
la rancia servilleta de desgastada tela
similar a un pañuelo con vocación de esquela
que agitas en tu mano para decir adiós.

21 de octubre de 2003

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